Por Oscar García - Profesor de la Cátedra Abierta de Solidaridad y Coordinador Académico de las Licenciaturas de Organización y Dirección Institucional y de Dirección de Organizaciones de la Sociedad Civil de la Universidad Nacional de San Martín

Un tema no menor para los que hacemos voluntariado o promovemos la solidaridad es la eterna y apasionante cuestión de las palabras y los nombres. Si bien cuando se trata de ayudar a la comunidad es mejor hacer que declamar, hagamos un breve recorrido por definiciones que aclaran y definen la tarea comunitaria.

Una persona solidaria es la que se interesa por la suerte del otro y procura ayudarlo ofreciendo lo que tiene y lo que puede desde una actitud de diálogo y empatía. La solidaridad es muchas veces espontánea, reactiva, impulsiva, y está bien que así sea. Cuando la ayuda solidaria se planifica con anticipación y se convoca a personas para que la lleven a cabo hablamos entonces de voluntariado. El voluntario es la persona que, sin esperar retribución económica a cambio, pone a disposición de otros, solidariamente, su tiempo, ganas y habilidades de manera organizada, con compromiso adquirido y periodicidad pautada; esto le da fuerza al voluntariado como fenómeno planificado y previsible. Llamamos entonces voluntario “común” a la persona que se ofrece para diversas tareas, pudiendo ser hoy compañía de un anciano solo y mañana estar pintando las paredes de una escuela. Llamamos profesional voluntario, en cambio, a la persona que tiene una profesión (abogado, médico, carpintero, docente) y se ofrece para ejercerla voluntariamente en el marco de un proyecto o institución que justamente necesite de ese saber. Existe también el profesional del voluntariado: las personas - pocas aún en Argentina, muchas más en el exterior- que han hecho del estudio del voluntariado su profesión, y viven de ella cobrando honorarios por desarrollar programas de voluntariado, coordinar voluntarios en organizaciones, asesorar a empresas en voluntariado corporativo, capacitar, etc. Es una verdadera profesión -pequeña aún- pero con enorme potencial. Lo que no existe es el voluntario profesional, es decir, una persona cuyo sustento para vivir sea ser voluntario, pues, como dijimos, éste se hace gratuitamente. El idioma, en su riqueza, nos regala la posibilidad de utilizar sinónimos: acción voluntaria, actividad voluntaria o voluntariado a secas lo definen muy bien, sin necesidad de la confusa combinación de “trabajo voluntario”. Al pan, pan, y al voluntariado, ¡lo mismo!